12/12/13

Himalayas: Top of the world


Al volver de vacaciones, después de un mes fuera de Nepal, el país parecía distinto. Mejor dicho, era distinto. El monzón había desaparecido llevándose los cielos nublados consigo y la claridad era más que evidente. En esa claridad y a lo lejos, se podía ver la cordillera del Himalaya entre los edificios semi construidos de Katmandú.

No podría explicar con palabras la sensación de inmensidad y de conexión completa con la naturaleza que sentí cuando vi las montañas por primera vez. Diez de las catorce cimas de más de 8000 metros que hay a lo largo y ancho del mundo se encuentran en la cordillera del Himalaya. Desde Katmandú se pueden ver algunas de ellas pero nada comparado con perderse por alguna montaña y divisarlas desde allí. Parecen espejismos, dibujos en mitad del cielo.

La despedida se está haciendo dura. Una cuenta atrás con igual número de sensaciones agrias y dulces. Agradecida por las cosas aprendidas, pero con el miedo del que se enfrenta a lo desconocido de nuevo. El empezar de cero en mi país no debería resultar difícil después de lo vivido, pero parece más complicado que nunca. Con las cifras de parados aumentando y las empresas cerrando, vivir en España parece más una quimera que una realidad. Y digo vivir, que no sobrevivir.

Por eso aprovecho los momentos de quietud, la sensación de tener el mundo a mis pies que experimento cuando hago pequeños trekkings por las montañas con la cima del mundo delante de mis narices. Y es que la vida no es otra cosa que eso: vivir el presente, dejar los combates con uno mismo a un lado y disfrutar de cada uno de los pequeños momentos de forma plena y sin miramientos. 






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